
El almendro, Prinus Amigdalus, ha formado parte desde hace siglos del paisaje de las medianías del noroeste de La Palma. Su precencia es particularmente notable en las zonas más desfavorecidas, donde ocupan terrenos marginales y de difícil acceso, a veces como complemento de otros cultivos, fijando el terreno en terrazas o marcando lindes.
Cotia, Castañera, Padresanto, Ratonera, Coja, Carmona, Picuda y hasta más de 50 denominaciones han venido acuñando los cosecheros para los diferentes tipos de almendra que producen los cultivares locales, aprendiendo éstos a injertarlas en los lugares adecuados a sus características (vientos, insolación, bajas temperaturas…), normalmente sobre patrón amargo y protegiendo el injerto con pencas de la pitera.
Este árbol, de gran rusticidad, alcanzó su apogeo en la década de los años 50, tiempos en los que producciones de hasta 3.500 toneladas permitían grandes exportaciones al Reino Unido. Pero a partir de entonces ha ido experimentando una lenta y continua decadencia. De manera inexorable, la presión demográfica, el abandono de las tareas agrícolas, la competencia exterior y el avance del hongo Armillaria mellea han ido recortando las producciones hasta mínimos de 50 toneladas de almendra en cáscara.
Contrariamente a lo ocurrido en otras zonas productoras, la influencia de la oferta de almendra californiana, en muy ventajosas condiciones de precio y elaboración, no ha sido aquí tan decisiva. Prueba de ello es que a lo largo de la última década han sostenido su presencia en el mercado insular, pese a que la almendra local en ocasiones hasta triplica el precio de la americana.